CONTACTO: El planeta enfrenta una crisis ambiental sin precedentes que demanda acciones urgentes, ¿cómo empezar a construir territorios más sostenibles?

Nicolás Estrada (N.E.): Por definición, sostenible es que se sostiene, que perdura en el tiempo. Por lo que la principal característica de un territorio sostenible sería necesariamente abandonar los hábitos que lo hacen insostenible, e ir generando dinámicas que nos permitan relacionarnos de forma respetuosa con el entorno del que hacemos parte. Uno de los cambios necesarios es superar la mirada dualista del entorno en la que, por un lado, estamos los humanos y, por el otro, la naturaleza que podemos utilizar. La nueva narrativa debería ser entonces ‘monista’: no usamos el ambiente, sino que hacemos parte de él y entendemos que somos tan solo una de las muchas partes que tiene.

CONTACTO: ¿Cuál sería la clave para lograr un tránsito efectivo entre una mirada y la otra?
N.E.
: Hace unos semestres, en un curso de introducción a la ingeniería civil, tuvimos la oportunidad de conversar con la antropóloga Natalia Robledo, a propósito del ingeniero Miguel Triana, que vivió hace siglo y medio. Ella nos explicaba que, en la ingeniería civil de esa época, la metáfora dominante era la idea de que debíamos ‘domar’ el entorno, por ejemplo hacer vías para conectar los territorios y generar una realidad de pertenencia, de nación. Era una óptica colonizadora, civilizadora incluso. Luego, pasamos a la metáfora del progreso, muy centrada en el control de la naturaleza y en el crecimiento de nuestro aparato económico. Creo que ahora necesitamos pasar a la metáfora del bienestar, del respeto, al cuidado de esta casa común, porque la sostenibilidad que está en juego es la nuestra como especie. Por eso hace falta partir del reconocimiento de que somos animales racionales y gregarios, tenemos que incorporar que el bienestar individual está ligado al bienestar comunitario. Por ejemplo, con esto en mente, la idea de una infraestructura desconectada de sus efectos sobre el medio ambiente es absurda.

CONTACTO: ¿Cuál debería ser el punto de partida para concebir esa ‘infraestructura para el bienestar’?
N.E.
: Interiorizar la idea de que un sistema de infraestructura, además de proveer ciertos servicios básicos, es también el reflejo de lo que la sociedad quiere ser, la historia que cuenta de sí misma. Un sistema de infraestructura es algo vivo, que continuamente se está moldeando a nuestra medida; y uno de los papeles de la infraestructura es soportar, realizar, esas ficciones que son importantes para nosotros y que nos unen en un proyecto común. Por ejemplo, pensemos en el sistema Transmilenio, en el que se mueven muchas más personas que en vehículos particulares. Podemos decidir a cuál de los dos medios le asignamos más recursos. ¿Qué dice esto de nosotros y de la sociedad que queremos ser? Otro ejemplo, pensemos en un sistema como el Viaducto Gran Manglar, sobre la Ciénaga de la Virgen. Si decidimos secar el manglar para construir la vía o si decidimos hacer un viaducto para proteger ese ecosistema, estamos imaginando dos historias muy distintas de nosotros mismos.

“Necesitamos pasar a la metáfora del bienestar, del respeto, al cuidado de esta casa común, porque la sostenibilidad que está en juego es la nuestra como especie.”

CONTACTO: ¿Qué retos tienen las ingenierías civil y ambiental en esta materia en Colombia?
N.E.
: Las dos tienen una relevancia enorme en el contexto colombiano. Las necesitamos para desarrollarnos como sociedad y para proveer bienestar para la población que no lo tiene. Por ejemplo, es difícil de creer, pero el 15 % de los colombianos no tienen acueducto y el 20 % no tienen servicio de alcantarillado, ni hablar de la cobertura en servicios de comunicación, que han sido tan importantes en el contexto de la pandemia. Desde el punto de vista ambiental, los retos también son enormes, por ejemplo, 20 % de nuestra población no tiene acceso a sistemas de recolección de basuras, y todavía vertimos sin ningún tratamiento la mayoría de nuestras aguas residuales. Adicionalmente, estos retos existen en contextos complicados, como una población creciente y con índices de pobreza muy altos, un ambiente de recursos escasos, y un sistema decisorio ineficiente y en algunos casos corrupto. Al mismo tiempo, también tenemos condiciones que pueden potenciar nuestro desarrollo, como una población joven cada vez más formada y tecnificada, y procesos nacionales como el acuerdo de paz, que aumentan nuestra capacidad de inversión y nos permiten cambiar de discurso.

CONTACTO: ¿De qué maneras las ingenierías civil y ambiental uniandinas están respondiendo a esas necesidades?
N.E.
: En los años recientes, hemos vivido un proceso de reflexión interesante que se concreta en la reforma curricular de nuestros dos programas de pregrado actuales. La transición hacia estos programas reformados empezará en los próximos semestres. Desde un punto de vista más general, y en buena medida gracias a nuestras actividades de investigación y consultoría especializada, el Departamento ha sido activo en el análisis de las dinámicas complejas que se crean en la interacción entre la sociedad, su base física y su entorno natural. Estas dinámicas han dado paso a un futuro programa en el área de sistemas urbanos sostenibles. También hemos trabajado mucho en la formación de habilidades transversales, cada vez más importantes en un mundo interconectado y diverso.

CONTACTO: ¿Este futuro programa se adapta a la tendencia que concibe a las ciudades como ecosistemas?
N.E.
: Tenemos una interacción y un impacto importante en el entorno social que nos acoge y parte de ese entendimiento resulta en una dinámica de cambio y adaptación. En su libro ‘Sapiens: de animales a dioses’ el antropólogo israelita Yuval Noah Harari muestra que lo que nos hace fuertes como humanos es nuestra capacidad de cooperar flexiblemente y en grandes números. Este fenómeno nos convierte en un sistema complejo, y, como cualquier sistema complejo, posibilitamos la emergencia de propiedades que no existen a la escala del individuo o del grupo pequeño. Algunas de estas propiedades son deseables, como la cultura y la ciencia; otras son problemáticas, como la contaminación y la desigualdad social. Una de estas propiedades emergentes es la aparición de estos “monstruos maravillosos” que llamamos ciudades; en cierta forma, el futuro programa nace de ese interés.

“Una de estas propiedades emergentes es la aparición de estos ‘monstruos maravillosos’ que llamamos ciudades; en cierta forma, el futuro programa nace de ese interés.

CONTACTO: ¿En qué innovan estos programas con miras a la consolidación de territorios sostenibles?
N.E.
: Lo más valioso que aportan es una nueva manera de relacionarnos con los problemas de la ciudad, entendiéndolos e interactuando con ellos de forma más interconectada y orgánica, trascendiendo la visión tradicional de los problemas de infraestructura y del medio ambiente. Por ejemplo, entendiendo que la crisis ambiental es también social porque sus efectos negativos se concentran en sociedades vulnerables.

CONTACTO: ¿Cuál es –o debería ser– el aporte de los profesores e investigadores en esta labor?
N.E.
: En mi opinión, estamos en un momento de la historia en el que más allá de avances tecnológicos necesitamos un cambio de paradigma, que apunte a reinventar la forma como hacemos ciencia y tecnología, y a entender la relación que esto tiene con nuestro entorno. Tenemos la gran tarea de transferir lo que hacemos para tener un impacto más directo y medible sobre la sociedad que nos acoge. Esto ya lo están logrando muchos de nuestros profesores, quienes han entendido las problemáticas, aportan información y motivan debates útiles para orientar a tomadores de decisión en diferentes temas, por ejemplo: la prohibición del uso de asbesto, la conservación del patrimonio colonial, la conservación de nuestro entorno biótico, la calidad del aire y el funcionamiento de pavimentos, entre otros temas cruciales para las ciudades.

CONTACTO: ¿Estamos de cara a un nuevo llamado para la academia?
N.E
.: Yo creo que sí. Creo que es momento de mirarnos y cambiar el paradigma, de entender nuestro papel como formadores, no solo de nuestros estudiantes sino de la comunidad en general, e idear maneras para que el conocimiento técnico y científico permee cada vez más en la sociedad.