Las siete vidas del río Bogotá

Los responsables de la enorme contaminación de este río son los municipios por donde cursa antes de llegar a Bogotá y las aguas negras de la ciudad. La escorrentía por lluvias genera condiciones de anaerobia. Esta podría controlarse si el sistema de drenaje tuviera suficiente capacidad de almacenamiento y de asimilación.

Cuando en la capital del país cae un aguacero, el caudal del río Bogotá aumenta en cerca de 80 m3 por segundo. Incluso si se realizara la  descontaminación de las aguas residuales domésticas, las condiciones de calidad del agua del río serían anaerobias, es decir, el oxígeno disuelto se agotaría. Esto sucede porque la urbanización convirtió a Bogotá casi en un desierto pavimentado y las aguas pluviales corren por sus calles arrastrando contaminación hacia los alcantarillados y hacia los ríos y quebradas que luego desembocan en el río tutelar.

Por eso, el ingeniero civil Luis Alejandro Camacho, doctorado en Modelación de la Calidad del Agua en Ríos, del Imperial College (Londres), propone tres estrategias para mitigar el efecto de la escorrentía: la primera es incorporar los conceptos de Sistemas de Drenaje Urbano Sostenibles (SDUS) en el Plan Maestro de Alcantarillado, que pretende controlarla en una ciudad altamente densificada. El SUDS contempla un ‘tren’ con distintos mecanismos de
almacenamiento de aguas lluvias: cubiertas verdes, tanques en los edificios que las recojan, un sistema de alcantarillado que interactué con piscinas de almacenamiento temporal de agua y de retención hídrica como los humedales naturales y artificiales; que haya más zonas verdes, más prado para que el agua se infiltre y pavimentos porosos que las absorban. “El concepto para el manejo de las lluvias es almacenar, almacenar, almacenar. Pero mientras
este tipo de acciones no estén en un plan maestro, nadie les va a poner atención a los conceptos prácticos ni creerá en la utilidad de los sistemas de drenaje urbano sostenible”.

Camacho comenta que en Alemania, por ejemplo, hoy no se puede construir una casa o edificio de habitación sin proyectar un tanque de almacenamiento de aguas lluvias, que se usa para lavar carros y regar jardines, entre otros. Y en Inglaterra existen dos opciones: o se paga un impuesto al Estado que asume la disposición de las aguas pluviales, o cuando se pavimenta una zona verde se diseña con condiciones tales que la escorrentía generada sea igual a la que tenía el predio antes de ser urbanizado.

La segunda estrategia es generar Corredores Verde-Azules. La propuesta es integrar los parques y corredores verdes al manejo de los cuerpos de agua de la ciudad, recuperando ese sistema. Cuando el río pasa por un parque se rompe su canal para hacer un humedal, utilizando la misma zona verde para sembrar plantas nativas. De manera que cuando llueve, la escorrentía se conduce hasta el humedal. Este esquema, que también se usa en la restauración de ríos, ya se practica en Holanda.

La tercera estrategia va de la mano de las dos anteriores y consiste en minimizar la contaminación difusa: la escorrentía pluvial debe tener la menor  carga posible de sedimentos, de contaminación orgánica y nutrientes para que estos no lleguen a los ríos. Si la escorrentía se dispersa en una zona verde, en un humedal, el impacto de la contaminación se minimiza. Lo mismo sucede con la lluvia ácida.

Para Luis Alejandro Camacho, profesor del Departamento de Ingeniería Civil y Ambiental, si una ciudad con altos índices de urbanización como Bogotá no adopta estas estrategias, la Planta de Tratamiento de Canoas —que no se ha inaugurado—pronto sería insuficiente: resulta poco eficiente tratar, además de las aguas residuales, un volumen tan grande de escorrentía pluvial cuando se le puede dar otros manejos.

Acciones conjuntas con los municipios

Y aunque la capital tiene una gran responsabilidad en la contaminación del río Bogotá —vierte cerca de 14 m3 por segundo de aguas negras— y buena parte de esta se puede evitar con los estrategias mencionadas aquí y en el artículo anterior, según el doctor Camacho se necesitan acciones parecidas en los municipios de la parte alta de este cuerpo de agua de 330 kilómetros de longitud.

Porque si el Bogotá fuera tan grande como el Magdalena, con un caudal de 7.000 m3 por segundo, podría recuperarse tras su paso por la ciudad que vierte sus aguas residuales en su cauce. Pero es de apenas de 10 m3 por segundo, con una capacidad de asimilar contaminación tan baja que no puede recuperarse una vez más. Además, dice el profesor Camacho, la norma escocesa habla de una relación de 7 a 1, es decir, que se puede verter agua contaminada en un río si su caudal es 7 veces mayor al caudal del vertimiento. Y aquí la relación es menor a uno. Pero la capital no es la única culpable del daño.

De hecho, nuestro río, que nace en el páramo de Guacheneque a unos cinco kilómetros de Villapinzón, queda sometido varias veces a condiciones anaerobias tras superar los diferentes municipios por donde cursa. Sin embargo, una vez los deja atrás, se recupera de nuevo, como si tuviera las siete vidas del gato. “Como el agua es el disolvente universal logra deshacerse de una parte de la contaminación”, señala el profesor.

Camacho, que ha monitoreado la calidad de sus aguas por más de diez años, considera necesarias acciones en la parte alta del río para detener el deterioro observado en ese lapso de tiempo. Por una parte, propone que Bogotá destine por lo menos un billón del presupuesto previsto para la planta de Canoas a la modernización de las plantas de tratamiento de aguas domésticas de Chocontá, Suesca, Zipaquirá y Chía, cuya capacidad es insuficiente frente al crecimiento de esas poblaciones y su nivel de urbanización. “Si realmente queremos sanear el río, la ciudad tendría que concertar con esos municipios para conseguirlo y, teniendo en cuenta el costo-beneficio, como sociedad deberíamos hacerlo. Además porque de esas aguas se surte la planta de potabilización de Tibitoc que abastece a 2 millones de habitantes de Bogotá”.

Desde que pasa por la primera población, Villapinzón, el río sufre las consecuencias del vertimiento de aguas residuales domésticas —pues no tiene planta de tratamiento— y luego la acción de los químicos y el material orgánico de las curtiembres. “Si bien hoy estas industrias son menos, ahora son más grandes y arrojan una cantidad alta de desperdicios al río. Unas horas después de los vertimientos que lo dejan en condiciones anaerobias, el río
logra recuperarse. De ahí en adelante —afirma Camacho— hay una cultura muy curiosa según la cual los campesinos no tienen reparo en echar los desperdicios de los establos, por ejemplo, porque dicen que el río ya viene contaminado, y no son ellos los responsables”.

Agrega: “A la altura de Tocancipá, donde hay diferentes industrias que afirman no hacer vertimientos, si uno mide en determinados momentos, hay indicadores que demuestran lo contrario”. Así sucede desde Suesca hasta la planta de Tibitoc, que toma 4 m3 por segundo para purificarla, de tal forma que, cuando llega de Zipaquirá, el caudal del cauce está muy disminuido, en especial en época de sequía. Allí recibe “el cadáver contaminado del
Río Negro y nuevamente el Bogotá se queda sin oxígeno”. Unos kilómetros más adelante se recupera otra vez hasta cuando recibe los residuos de Chía y del canal Torca. Entonces entra en muy malas condiciones a Bogotá.

“El problema del río Bogotá es tan grave en este punto que ni el tratamiento primario o secundario le sirven. Hay que llevarlo al nivel máximo”, asegura Luis Alejandro Camacho. Pero ni la planta de El Salitre, que funciona en el nororiente de la ciudad, ni la de Canoas en su primera etapa, tienen esta capacidad. Por eso, estos correctivos son urgentes.

EL GRUPO
Centro de Investigaciones de Ingeniería
Ambiental (CIIA).

CONTACTO
Luis Alejandro Camacho, ingeniero civil,
profesor asociado del Departamento de
Ingeniería Civil y Ambiental.
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Last Updated on Wednesday, 31 July 2013 14:43